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martes, 9 de enero de 2018

La comprensión, desde el pensamiento Wittgensteiniano (2)

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Comprensión: Filosofía Tradicional versus Pensamiento Wittgensteiniano
Alejandro Tomasini Bassols

-- Parte 1 -- Parte 2 --

III. Un enredo de Filosofía de la Mente: la comprensión

En mi libro sobre los atomismos lógicos de Russell y Wittgenstein (1) sostuve que la primera filosofía de Wittgenstein, o sea, la filosofía del Tractatus Logico-Philosophicus, es en gran medida filosofía russelliana, sólo que pulida, mejorada y desconectada por completo de la escuela empirista, de la cual Russell era obviamente el gran heredero. En la actualidad ciertamente yo matizaría dicho juicio, pero sigo pensando que en lo fundamental no es errado. Pienso por ello que hay un sentido en el que puede decirse que la verdadera filosofía wittgensteiniana realmente empieza cuando Wittgenstein abandona un cierto enfoque, a saber, el lógico-formal, y que deja de trabajar en los temas propios de la agenda típicamente russelliana. Ahora bien, esto sucede sobre todo cuando abandona lo que a final de cuentas no pasaba de ser un mero programa filosófico y, por consiguiente, cuando empieza a enfrentarse a enredos filosóficos concretos. O sea, lo que estoy afirmando es que hay un sentido en el que, a pesar de lo maravilloso que es el Tractatus Logico-Philosophicus, la verdadera filosofía de Wittgenstein empieza después de 1929. Un buen ejemplo de este cambio de óptica nos lo proporciona el supuesto fenómeno mental de la comprensión. Wittgenstein, como veremos, tiene mucho que decir al respecto, si bien no podremos ocuparnos de todo lo que al respecto nos informa en sus escritos de madurez, como las Investigaciones Filosóficas o Zettel. En este caso nos concentraremos en algunas de las cosas que se dicen en un manuscrito redactado a principios de los años 30 y publicado póstumamente bajo el nombre de Gramática Filosófica. Naturalmente, antes de reconstruir sus puntos de vista será conveniente hacer un veloz recordatorio de la problemática misma y de lo que gusta de sostenerse en la filosofía tradicional.

Los así llamados fenómenos mentales son, todos los sabemos, una fuente fértil y al parecer inagotable de enigmas filosóficos. En efecto, todo lo que tiene que ver con las actitudes proposicionales, los estados mentales, el yo, la identidad personal, el auto-conocimiento, las otras mentes, etc., constituye un caldo de cultivo fantástico para la gestación de enredos insolubles y, por consiguiente, para la producción de teorías filosóficas tan ingeniosas, tan absurdas y tan desbalanceadas unas como otras. A guisa de ejemplo y a fin de ilustrar lo que hemos venido diciendo, consideraré rápidamente, como ya lo anuncié, un caso problema, viz., el que plantea la comprensión, de manera que podamos contrastar de manera palpable el enfoque tradicional con el wittgensteiniano y colocarnos entonces en posición de apreciar y juzgar las dos perspectivas, esto es, la antigua y la nueva.

Desde el punto de vista de la tradición, la comprensión se explica más o menos como sigue: comprender es como percibir, es decir, se trata de una experiencia sólo que, por razones evidentes de suyo, no es una experiencia del cuerpo. Ni siquiera podría decirse que es el cerebro lo que comprende. De seguro que, sea lo que sea, la comprensión es un fenómeno no material sino psíquico o, alternativamente, mental. Cuando alguien comprende algo (una orden, una descripción, una fórmula, una regla, etc.) literalmente algo le sucede. Independientemente de cómo lo caractericemos, eso que le sucede sucede dentro de la persona. La comprensión no es lo mismo que una configuración neuronal puesto que, como ya se dijo, no tiene el menor sentido decir que el cerebro o el sistema nervioso comprenden o no comprenden, además de que no es lógicamente imposible que en presencia de la misma configuración neuronal no podamos hablar de comprensión o que hablemos de comprensión inclusive si dicha configuración no se da. No tiene mayor sentido, por lo tanto, pretender caracterizar la comprensión es como un suceso físico. Pero entonces ¿qué clase de fenómeno es? La respuesta, que es obvia, se proporciona recurriendo a uno de los términos preferidos el en argot filosófico: la comprensión es de carácter mental. Y en cierto sentido, esta respuesta representa el punto final: una vez dicho eso, ya no hay nada que añadir. Como bien lo señaló Norman Malcolm, el supuesto tácito en filosofía es que una vez que se dijo de algo que es de carácter mental ya no es de buen gusto seguir preguntando; se asume que todos entendemos o debemos entender lo que se quiso decir.

Esto que acabo de decir es parte de la posición dualista, esto es, del cuadro cartesiano del ser humano como constituido por dos sustancias radicalmente diferentes, un cuadro de muchas variantes y sumamente popular tanto en el universo filosófico como fuera de él. Nótese, sin embargo, que, aparte de que como explicación es prácticamente nula y no consiste en otra cosa que en una paráfrasis tecnificada de lo que cándidamente diría un hablante normal, esta pseudo-explicación está lógicamente ligada a muchos otros temas y forma parte de una concepción global de las cosas. Están desde luego implícitas en lo que se dijo sobre la comprensión por lo pronto una cierta teoría del conocimiento y una metafísica, ambas problemáticas en grado sumo. Pero quizá el fundamento cognitivo de la posición tradicional sea en última instancia la confianza irrestricta en la introspección: se supone que es por medio de análisis introspectivos que obtenemos la información necesaria para que entendamos lo que es comprender algo: vemos dentro de nosotros y entendemos lo que es comprender. Desafortunadamente, para el filósofo tradicional, no es muy difícil percatarse de que toda esta construcción no pasa de ser un castillo en el aire.

A Wittgenstein, como a todos nosotros, le costó mucho zafarse de la concepción tradicional. De ahí que en esta etapa transitoria, Wittgenstein todavía trata con indulgencia al mentalismo. Por ejemplo, él parece admitir que En algunas de sus aplicaciones comprender, querer decir se refieren a una reacción psicológica en tanto se oye, se lee, se emite, etc., una oración. En ese caso la comprensión es el fenómeno que ocurre cuando oigo una oración en un lenguaje familiar y no cuando oigo una oración en un lenguaje extraño (2). O sea, parecería que él todavía acepta que es posible que cuando decimos de alguien que comprende algo, en éste se produzca alguna clase de reacción psicológica y que eso sea el comprender. Pero estas concesiones son más aparentes que reales y lo único que él está haciendo es, por así decirlo, montar el escenario. Como veremos, la aclaración de lo que es comprender es algo más sutil y complejo que lo que nos dicen los filósofos tradicionales; y una de las primeras cosas que Wittgenstein se esforzará por hacer ver es que ese algo que supuestamente tiene lugar dentro de alguien cuando comprende probablemente es un mito y en todo caso es algo totalmente irrelevante para eso que nosotros llamamos comprensión.

Como es evidente de suyo, difícilmente habría podido el método de Wittgenstein en libros como Observaciones Filosóficas y Gramática Filosófica ser un método acabado, con pasos nítidamente delineados, jerarquizados, etc. Con lo que sí nos encontramos, en cambio, es con multitud de preguntas pertinentes, las cuales dan lugar a una especie de monólogo, y que son como el antecedente lógico de lo que en las Investigaciones Filosóficas será el debate entre el filósofo tradicional y su adversario, el filósofo de la nueva tendencia. Consideremos rápidamente algunas de esas preguntas planteadas, ante todo, para hacernos pensar.

En primer lugar, ¿de qué hablamos cuando decimos que comprendemos algo? De toda una variedad de cosas: comprendemos órdenes, gestos, situaciones, etc. Consideremos entonces lo que sería una aplicación fundamental de la noción de comprensión, viz., la aplicación a oraciones. Cualquier oración es semánticamente compleja, puesto que resulta de los distintos significados de los diferentes términos de la oración que la expresa. De ahí que la primera pregunta, un tanto desconcertante, que Wittgenstein plantee sea: cuándo alguien comprende algo: ¿lo comprende como la suma de los distintos significados captados o lo comprende más bien de golpe, en su totalidad? Si digo Cantinflas era mexicano ¿entiendo el pensamiento expresado porque entendí primero el significado de Cantinflas, posteriormente el de era mexicano y luego los junté o lo capté todo de un solo golpe? La verdad es que un hablante normal no tendría elementos con qué responder a una pregunta así. Ahora bien, Wittgenstein llama nuestra atención sobre lo siguiente: si pregunto por la comprensión del significado de la oración p, sea ésta la que sea, la respuesta viene dada en términos de oraciones, no como sumas de significados aprehendidos. Retomemos nuestro ejemplo. Le preguntamos a alguien que nos diga qué fue lo que entendió cuando entendió el significado de la oración Cantinflas era mexicano. Obviamente, supongo, nos dirá algo como: hubo una persona, conocida como Cantinflas, nacida en un país llamado México y esa persona ya no vive. Dejando de lado la respuesta concreta que se obtenga, lo interesante para nosotros es que la explicación de lo que parecía ser un fenómeno de comprensión viene dada en palabras. O sea, el lenguaje toma el lugar y desempeña el rol de lo que supuestamente pasaba dentro del sujeto y que en la tradición parecía esencial. Empero, nosotros empezamos a entender que la explicación de la comprensión no nos saca del lenguaje, no nos obliga a mirar hacia lo extra-lingüístico. Por eso afirma Wittgenstein: Se puede decir que el significado queda fuera del lenguaje, porque lo que una proposición significa queda dicho por lo que es otra proposición.(3) Una consecuencia importante de todo esto es que la visión atomista-lógica se revela como incorrecta: es el sentido completo de las oraciones lo que nos importa, aunque lógicamente el sentido sea una función de los significados parciales. Nótese que esto que aquí Wittgenstein está poniendo en entredicho es ni más ni menos que el principio de composionalidad, un principio de la semántica de Frege que a más de uno les ha parecido no negociable.

Wittgenstein ataca el tema desde la perspectiva de la experiencia. Aquí lo que se efectúa es una especie de reducción al absurdo. Si el comprender algo es efectivamente un fenómeno, una experiencia real, entonces tenemos derecho a hacer todas las preguntas que normalmente se pueden hacer en relación con las experiencias. Una experiencia genuina es, por ejemplo, un dolor. Un dolor tiene una ubicación, una causa, una duración, una intensidad. ¿Podemos decir lo mismo de la comprensión? Asumamos momentáneamente que en efecto comprender es algo que a alguien le pasa. Pero entonces tenemos derecho a exigir una respuesta para preguntas como las siguientes:

a) ¿Cuándo empezó y cuándo terminó la comprensión por parte de alguien de lo que otra persona afirmó? ¿Tendría sentido decir, por ejemplo, como ciertamente podríamos decirlo de un dolor, algo como comprendí entre las 3 y las 4 de la tarde, pero no entre las 5 y las 6?

b) ¿Qué diferencias internas hay entre oír o leer algo con comprensión y oír o leer algo sin entender lo que se oye o lee (Como cuando leemos oraciones de un lenguaje que no conocemos)? ¿Cambia algo en nosotros?

c) ¿Podría decirse que la comprensión tiene lugar en un lugar especial del cuerpo? ¿Cuál podría ser ese lugar y cómo podría saberlo el sujeto? Cuando nosotros comprendemos algo: ¿nos hundimos en algún proceso de introspección, nos concentramos en nosotros mismos, para determinar si efectivamente comprendimos lo que se nos dijo?

Es obvio que estas preguntas y muchas otras de la misma clase no tienen respuesta, pero lo importante es percatarse de que si no la tienen es simplemente porque las preguntas mismas son absurdas y si lo son es porque la concepción subyacente de la comprensión, la concepción que da pie a ellas, es ininteligible. No es que las hipótesis que se emitan sean falsas: es que no tienen sentido. El carácter sospechoso y turbio de la explicación tradicional empieza, pues, a poco a poco a aflorar.

Contemplando el asunto desde el ángulo de la naturaleza de la supuesta experiencia en cuestión, Wittgenstein plantea otra pregunta a primera vista redundante, pero en el fondo de primera importancia, viz., ¿Cómo puede saber alguien que efectivamente comprendió lo que se le dijo? ¿Porque tuvo una sensación especial o porque lo intuyó? Es claro, sin embargo, que normalmente nadie justificaría sus pretensiones de comprensión apelando a sentimientos específicos. En primer lugar, se puede poner fácilmente en crisis la identificación de la comprensión con un sentimiento: ¿Tuvimos lo mismo, nos pasó lo mismo cuando comprendimos que 2 + 2 = 4, que Napoleón era corso o que la fórmula química del agua es H2O? ¿O más bien tuvimos tres sensaciones diferentes? En ambos casos la respuesta es absurda, pero la razón es obvia: la pregunta misma es absurda. La identificación de la comprensión con un suceso mental está expuesta aquí a un bombardeo de objeciones que sencillamente la hunden. Supongamos que tenemos una sensación, un proceso diferente para cada caso particular de comprensión. Ello es de entrada implausible, puesto que entonces tendríamos que ser capaces de detectar y de distinguir un número inmenso de sensaciones diferentes, dado que cada cosa que comprendiéramos requeriría su sensación propia, pero además ¿por qué serían todos ellos casos de comprensión? El que hablemos en todos esos casos de comprensión ¿Se debería a que tendrían algo en común y eso común, que sería lo importante, sería precisamente lo que el filósofo tradicional habría dejado sin explicar? Esta propuesta de asociación 1-1 entre actos de comprensión y sensaciones o sentimientos especiales, por lo tanto, sencillamente no funciona. El problema es que tampoco lo hace la respuesta contraria. Tómese el caso en el que una persona comprende tanto una orden como la regla de multiplicar por 5. El filósofo tradicional tendría que sostener que en ambos casos se produjo un mismo fenómeno, sólo que con diferentes contenidos. Pero ¿sobre qué bases podría alguien asegurar que detectó en ambos casos el mismo evento mental, exactamente el mismo sentimiento especial, por ejemplo? ¿Acaso no cabe la posibilidad de que se tratara de dos sentimientos muy semejantes, pero distintos? ¿No es posible que alguien se equivoque respecto a sus propios sentimientos? Después de todo, ¡eso es de lo más usual! Por otra parte y más cuestionable aún: ¿por qué comprender algo tendría que consistir en tener algo, sea lo que sea? ¿Cómo es que un sentimiento o una configuración neuronal podrían revestir la forma de la comprensión? ¿Qué conexión hay aquí y cómo se establece? Llegamos aquí al límite del absurdo y del sinsentido.

Me parece que, por escuálido que sea el material, podemos ya empezar a atar cabos y la primera gran sorpresa que nos llevamos es sencillamente que eso que se llama comprensión no es un fenómeno. En otras palabras, el concepto de comprensión o de comprender algo no es un concepto de experiencia. Este concepto no pertenece a la familia de conceptos como dolor, sentimiento, percepción, etc. En otras palabras, la comprensión no es una vivencia especial, un evento que se produce cuando alguien (dice que) comprende algo. No es para denotar una experiencia que se acuñó el verbo y sus derivados. Salta entonces a la vista que la concepción tradicional es radicalmente errónea, al igual que todo aquello que sobre ella se erija. Este error filosófico, sin embargo, no es un error inocuo. Por ejemplo, a menudo los científicos que se dejan persuadir por tesis filosóficas convencionales emprenden experimentos, casi siempre costosos, y ponen en marchas innumerables líneas de investigación cuyo objetivo era detectar e identificar el supuesto fenómeno interno que se produce cuando alguien comprende algo. Ahora sabemos que no hay tal cosa y que se podía haber determinado a priori que dichos experimentos estaban destinados ab initio al fracaso.

La faena difícil, naturalmente, no es la meramente destructiva, sino la positiva, esto es, no la de descartar lo que la comprensión no es sino la de dar cuenta de lo que la comprensión es. No se trata, desde luego, de ofrecer una simple definición, de encontrar una fórmula que nos deje más o menos satisfechos, sino de un examen del tema mismo. Por lo pronto, sabemos que comprender no puede ser una experiencia especial ni un suceso o proceso interno que sistemáticamente acompañe a lo que llamamos comprender algo. Aunque no será sino algunos años después que Wittgenstein estará en posición de dar cuenta de manera exhaustiva de lo que es comprender algo, en la Gramática Filosófica avanza de manera sorprendente en la vía de la aclaración. En esta etapa, es cierto, no reconoce todavía la necesidad de distinguir entre explicaciones en primera persona (ya entendí) y en tercera persona (ahora sí ya comprendió), por lo que no ofrece más que un diagnóstico general. No obstante, éste es, a pesar de incompleto, de una gran lucidez. Intentaré ahora presentar de manera sinóptica algunos de sus resultados.

Es obvio que la acción va a ser fundamental en la explicación del tema. La comprensión, sea lo que sea, tiene que expresarse, manifestarse en la conducta. De El Pensador de Rodin podemos decir que no comprende nada, precisamente porque no hace nada. Contrariamente a lo que G. Ryle sugiere, la estatua de Rodin se debería llamar más bien El Simulador, puesto que no hace nada y el pensamiento, sea lo que sea, tiene que ser algo ligado a la acción. Ahora bien, si bien es cierto que la conducta es fundamental, de todos modos no lo es todo, puesto que es lógicamente posible que alguien se conduzca como lo haría alguien que comprende y que, no obstante, no comprendiera nada. Wittgenstein no es un conductista radical: para él, conducta de comprensión no es lo mismo que comprensión. Ahora bien, cuando hablamos de conducta hablamos de conducta tanto lingüística como extra-lingüística. Ya vimos que si preguntamos por la comprensión de una oración la respuesta nos vendrá dada en términos de palabras, lo cual indica que ya hay comprensión de algo previo a la comprensión de esa oración particular sobre la que se pregunta. O sea, comprender algo presupone siempre un trasfondo contra o sobre el cual la comprensión de una oración, una orden, una jugada, etc., se produce. Alguien comprende algo no porque suceda en su interior algo especial, sino porque hizo algo en concordancia con las reglas del sistema de signos, de juegos, de símbolos, etc., por rudimentario que sea, relevante, y es eso lo que nos autoriza a decir de alguien si efectivamente entendió o no. Para poder decir que alguien comprende algo, este alguien tuvo que haber recibido un cierto entrenamiento y haberse convertido en un usuario de un sistema simbólico, de un lenguaje. Para que alguien pueda comprender tiene antes que haber sido colocado en posición de comprender. No puede haber comprensión previa a ello. La pregunta: ¿entendiste esa frase musical? será respondida de manera muy diferente por alguien con instrucción musical que por alguien que, como dice Wittgenstein, entiende la música como entiende el trinar de los pájaros. Alguien comprende cuando actúa, lingüística o extra-lingüísticamente, al modo como en la comunidad lingüística de que se trate se considera que es legítimo o correcto. La gramática (Tiefengrammatik) del verbo comprender es afín a la gramática de verbos como ser capaz de, saber dar cuenta de, poder explicar, etc. Aquí tenemos una especie de termómetro: mi comprensión de x llega hasta donde llega mi explicación de x. Y en este punto Wittgenstein establece un resultado de crucial importancia: la comprensión no es ninguna clase de intermediario entre, por ejemplo, oír algo y hacer algo. Si alguien me ordena cerrar la puerta, de lo que podemos estar seguros que no sucede es que oiga las palabras, de alguna misteriosa manera capte sus significados y luego, sobre la base de mi comprensión, actúe. No: actúo inmediatamente. Esta es justamente la idea que Wittgenstein presentaría posteriormente en las Investigaciones Filosóficas, cuando al desarrollar su argumentación en torno a lo que es seguir una regla, dice que cuando uno obedece una regla uno no elige. Obedezco la regla ciegamente.(4) Independientemente de ello, los elementos para entender esto último ya los tenemos a la mano: yo ya fui entrenado en el uso del lenguaje y si actúo normalmente, actúo de inmediato, sin reflexión. Hay, desde luego casos, en los que actúo después de sopesar con cuidado lo que se me dijo, pero ese, como muchos otros, son casos especiales, para los cuales hay también una explicación. En todo caso, ya en la Gramática Filosófica está presente y se hace sentir una noción que posteriormente habrá de recibir un lugar prominente en el pensamiento de Wittgenstein, a saber, la noción de uso. Preguntamos, dice Wittgenstein, ¿Cómo usas esa palabra? ¿Qué haces con ella? – eso nos dirá cómo la comprendiste (5). Comprender es, pues, una modalidad del actuar; es el estado en el que se encuentra alguien que actúa de manera inteligible, de conformidad con reglas por todos conocidas, de manera correcta o exitosa y siendo susceptible de dar cuenta de su acción.

Un punto interesante, que Wittgenstein no toca explícitamente pero que me parece que está implícito en su tratamiento, es que podemos hablar de grados o niveles de comprensión. El niño que conoce las operaciones aritméticas básicas sabe algo del significado del número 2. Pero el matemático que sabe geometría y usa números irracionales, por ejemplo, sabe más del número 2 que el niño. Y alguien que usa dicho número en cálculos mucho más complejos o elaborados sabe más que el que no pasa de ecuaciones de cierto grado. En este sentido, el comprender es una modalidad de acción de horizontes que se ensanchan. Las explicaciones, en todos los casos, se dan dentro del marco de los sistemas de signos regulados que se manejen y, lo cual es de primera importancia, no hay comprensión al margen de ellos. En su etapa intermedia Wittgenstein se había dejado seducir por las reglas, confiando quizá en que con ellas se tocaría tierra firme. La impactante discusión en las Investigaciones Filosóficas en torno a lo que es seguir una regla mostraría que ello no pasaba de ser una ilusión.

Algo muy importante en el tratamiento wittgensteiniano de verbos como comprender es que exhibe el carácter superficial y barato de los tratamientos tradicionales, independientemente de la época y de la terminología y los tecnicismos a los que se recurra. Los cognitivistas del siglo XXI sostienen básicamente lo mismo que los cartesianos del siglo XVII, sólo que con un léxico diferente. Pero la posición filosófica de fondo es básicamente la misma. La lectura tradicional del lenguaje de lo mental, plagada de malentendidos, incomprensiones, dificultades insolubles, etc., automáticamente genera mitos e invita a la elaboración de teorías, mientras más abstrusas e incomprensibles mejor. La oferta es en verdad variada y hay para todos los gustos: se puede ser dualista, materialista, epifenomenalista, interaccionista, ocasionalista, idealista, y así ad nauseam. La filosofía wittgensteiniana es, precisamente, la saludable guillotina para todos esos monstruos del intelecto, torcido por interpretaciones filosóficas, parciales y burdas, del lenguaje psicológico; y, en la misma medida, es su liberación. Quisiera pensar que, aunque lo que hemos ofrecido aquí no ha sido más que una reconstrucción simple y forzosamente incompleta de la posición de Wittgenstein frente a un problema filosófico tradicional, esto es, la caracterización de lo que es comprender algo, de todos modos logramos proporcionar algunos elementos para vislumbrar la potencia superior de su punto de vista.

IV. Conclusiones

Aseveré al principio de este trabajo que había un sentido en el que Wittgenstein es una figura trágica. ¿Por qué? Él era perfectamente consciente de que a su enseñanza se la tragaría el maremoto de la filosofía académica, con sus escuelas, revistas, congresos, etc. Heroicamente, sin embargo, continuó con su obra. En ese sentido es trágico: a sabiendas de que su destino era trabajar en una edad oscura, una época de superficialidad, de dogmatismo apenas soportable, de modas filosóficas estériles y vanas pero muy influyentes, Wittgenstein siguió solo su camino y finalmente nos legó un tesoro único de ideas y pensamientos. Depende de nosotros apropiárnoslo o dejarlo intacto ahí donde está. La tarea no es fácil, porque en última instancia lo que Wittgenstein hace es enseñarnos a pensar de un modo diferente, de un modo como no estamos acostumbrados a pensar. Su sustitución de la filosofía tradicional por algo distinto, aunque desde luego emparentado con ella, es algo que en un primer acercamiento nos puede chocar, parecer aburrido, pueril, irrelevante. Poco a poco, sin embargo, se va haciendo la luz y de pronto es la aurora. Entonces habremos comprendido la transformación operada y estaremos, gracias su enseñanza, preparados para seguir nuestro propio camino, reflexionando por cuenta propia. Y cuando hagamos eso, lo que estaremos haciendo será filosofía wittgensteiniana.


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Ref. SciELO - Scientific Electronic Library Online.
Revista de Filosofía, versión impresa ISSN 0798-1171, RF v.24 n.53 Maracaibo ago. 2006
Autor: Alejandro Tomasini Bassols, filósofo mexicano, profesor de filosofía en la Facultad de Filosofía y Letras e investigador del Instituto de Investigaciones Filosóficas de la UNAM.
Notas:
(1) Tomasini Bassols, A.: Los Atomismos Lógicos de Russell y Wittgenstein. Instituto de Investigaciones Filosóficas, UNAM, México, 1994, 2ª edición, corregida y aumentada.
(2) Wittgenstein, L.: Philosophical Grammar. Traducida al ingles por Anthony Kenny, University of California Press, Berkeley/Los Angeles, 1978, sec. 3.
(3) Wittgenstein, L.: Ob. cit., sec. 3.
(4) Wittgenstein, L.: Philosophical Investigations. Basil Blackwell, Oxford, 1974, sec. 219.
(5) Wittgenstein, L.: ibid., sec. 44.

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